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FERNANDO PEÑA, todo y nada
El multifacético artista partió de gira con todas sus criaturas.
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Fernando Peña y Martin Wullich. 2003
Imágenes en Galería (1)
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Conocí a Fernando Peña en 1995,
cuando el primero de sus personajes -Milagros López- hizo su aparición en
la radio. Fue en Horizonte 94.3 , donde yo trabajaba desde hacía 9 años
haciendo el clásico "...mientras tanto, aquí, en Buenos Aires, una nueva
hora... ¡comienza!". Desde el principio me impactó su histrionismo para
llevar a cabo ese personaje y los que fueron surgiendo con el tiempo, Revoira
Lynch, Palito, Dick Alfredo, la Mega, Sabino...
cuando ya recalaba en Rock y Pop con "Cucuruchos en la frente". Horizonte terminó, en 2001, y me llamó pues no quería que "una nueva
hora" se perdiese. Durante un buen tiempo apareció mi columna preludiando
cada hora en su programa que duraba tres. Jamás se metía en el medio de uno de
mis comentarios, que juzgaba interesantísimos, sino que lo hacía antes o después
y en boca de algunos de sus personajes, dándole un matiz humorístico notable
pues la personalidad individual de cada uno quedaba así plasmada, de acuerdo a
lo que dijeran y cómo lo dijeran. Pero también su simpatía, su don de gente, su
increíble respeto por quienes teníamos más trayectoria que él y admiraba.
De hecho éste respeto lo llevó a redescubrir a otros colegas de la primera época
de la radio y rendirles un merecido homenaje para que no cayesen en el olvido.
No quería nada a cambio. Nada.
Tan respetuoso era que tenía el don de saber pedir perdón, como si fuera un
chico que hizo una macana. Lo recuerdo llamándome y mandando mensajes de texto
de disculpa pues se había confundido al darle a una productora el número de
teléfono privado de mi casa, que sólo tienen pocas personas, las más amigas. Le
hizo borrar y olvidarse para siempre de ese número. Lo recuerdo contando como
anécdota una y mil veces la primera vez que vino a mi casa y rompió por una
torpeza la pata de una mesita. Cada vez que lo contaba, divertidamente, parecía
pedir disculpas una vez más. Era de una transparencia notable. Jamás le escuché
decir o hablar algo de alguien que no lo supiera por su propia boca. Y es que no
tenía ambages en decir lo que se le pasara por la cabeza a quien consideraba que
debía decírselo, en la privacidad o públicamente. Nunca se calló ante nada.
Jamás se medía por las probables consecuencias que esto pudiera aparejarle.
Defendía sus pensamientos, su filosofía, sus creencias, y se mostraba tal cual
era, mental y físicamente, sin hipocresías. Si alguna vez consideraba que se había equivocado,
también lo decía. No escondía nada. Nada.
Después de saber que había ido a ver una de sus obras de teatro, llamaba al otro
día para ver que me había parecido. Muchas veces le insistí en que se dejara
dirigir, pensando que semejante talento actoral podría crecer aún más si estaba
guiado y acotado. Otras tantas le machacaba sobre la extensa duración de las
obras. Sobre lo primero me decía que era un imposible, que no soportaba ni
soportaría que le dijesen lo que tenía que hacer. Sobre lo segundo -casi como
otro imposible para él-, solía repetirme la frase de Baltasar Gracián
que había aprendido de mi boca y reconocía muy cierta: -"sí, ya se, Martin,
lo bueno, si breve, dos veces bueno...". Ya en su éxito indiscutible,
"El Parquímetro", por la Metro, me nombraba como referente en el
buen hablar, en las buenas pronunciaciones, siempre con admiración, respeto y,
por sobre todo, cariño. Un cariño que trascendía las fronteras del éter y era
captado por sus miles de oyentes. Muchos me decían "cómo te quiere Peña...
hoy dijo... bla, bla, bla..." Y yo respondía: "es mutuo". Pues
se hacía querer. Y cómo. No medía su cariño como no medía nada. Nada.
Fernando proponía un almuerzo, sin ningún otro motivo que el placer de
disfrutarnos, cada uno en su natural locura. Nadie podía creer cuando yo
comentaba que él era capaz de poner una fecha y un horario para vernos dentro de
15 días -por ejemplo- y, llegado el momento -sin que durante ese lapso
hubiese mediado ni una llamada u otro medio de reconfirmación-, yo entraba al
restaurante y ahí estaba él, sólo. O con su novio -así conocí al encantador
Javier de Nevares- o con más amigos y amigas que aseguraba que yo debía
conocer por distintas razones. Era sorprendente. Son los pequeños detalles los
que hablan de alguien. Además de su talento notable, su formalidad intachable,
su palabra que jamás lanzaba al viento, su increíble cultura, su rapidez, su
inteligencia, su cariño incondicional, he de destacar una generosidad
superlativa que compartía con todos sus amigos, compañeros y colegas. Solía
decir que ganaba muchísimo dinero, y ese dinero lo gastaba a manos llenas,
invitando siempre, viajando y trayendo un pensado regalo para cada uno. Pero no
sólo lo era con el dinero, sino también con los sentimientos, con lo que alguien
pudiera necesitar y él tuviera la mínima posibilidad de dar. Era capaz de
mover cielo y tierra. No especulaba con nada. Nada.
La última "aventura" que vivimos juntos surgió de su imaginación. Me invitó a su
programa una mañana para entrevistarme y "al aire" me dijo que quería que lo
llevara a volar. Nunca lo había hecho en un helicóptero, a pesar de las
incontables horas que tenía como tripulante. Confesó que le había tomado
cierto temor, pero que quería hacerlo y... no sólo eso... sino transmitir desde
arriba en directo su programa de radio. Después del vuelo estaba feliz,
exultante, como un chico. Durante semanas insistía en que todo el mundo debía
hacerlo y prometía hacer un sorteo y regalar él ese vuelo al oyente que ganara.
Cuando estaba convencido de que algo era bueno, era una tromba publicitándolo.
Cuando estaba convencido de que algo no era bueno, era la CNN advirtiéndolo.
Tenía una energía envidiable, colosal. Ni el alcohol, ni las drogas, ni su
crónica enfermedad pudieron detenerlo. Nada.
Pero llegó su momento en forma sorpresiva, con un fulminante ataque a un órgano
vital, casi de la noche a la mañana. Y lo sorprendió, a él, que vivía
sorprendiendo a todos. La radio y el teatro -junto a otros
medios- han perdido un artista que se entregó en cuerpo y alma. Yo he perdido un
amigo entrañable. Un loco lindo (no quiero decir lo que el quería que le
dijeran, pues sabía que no me gustaba). Por eso, si te preguntan por Fernando
Peña, decí que siempre lo dió todo. Y jamás pidió nada. Nada. Martin
Wullich
Comentario sobre su último espectáculo, con video
http://news.martinwullich.com/vernota.php?id=457
PUBLICADA 18/06/2009
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