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Es un espectáculo simpático. De esto no cabe duda. Pero es que ella es simpática, cautivadora, agradable, seductora y original. Con su redonda y colorada nariz de payaso, Marina Barbera nos lleva, solita, a viajar -nunca sabremos a donde- por un derrotero hábilmente marcado por Raquel Sokolowicz. Esta mujer que reconoce haberse ido despistadamente, es deleitable y amena. Cuenta con inocencia lo que le pasa. Se ríe de si misma, y hace reír al público. Se entristece, y entristece al público. Es un clown perfecto que maneja a la par la comedia y la tragedia. Sale de la más sencilla silla con tan solo una cartera que maneja certera. Deja librada a la imaginación del espectador toda la significación de su candor, y expresa sin ambages sus mohínes, mientras se quita sus escarpines. Por momentos es una señora, otros una niña. A veces es provocadora, a veces sorprendida. Y no lo esconde. Es siempre transparente. La música original de Agustín Flores Muñoz es el complemento ideal para el relato de una historia delirante. En 45 minutos, Barbera demuestra su capacidad histriónica, interpretativa, coreográfica y de improvisación, personificando a una tal Marta. Quizás haga falta un texto que genere un mayor lucimiento. Quizás debería trabajar aun más con la sorpresa del momento y la reacción del público. Es capaz de eso y mucho más, pues destila ternura y fascina desde la inocencia. Parece ser que no querríamos que se fuera. Martin Wullich Se dió hasta Julio 2008 en www.pareceserquemefui.blogspot.com
PUBLICADA 22/06/2008 | ||||||||
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